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luna llena en aculeo, 11 marzo 2004

EL LLAMAMIENTO

Lo que sigue es el textos remitido en enero de 1990 por un grupo de científicos a los dirigentes religiosos titulado «Preservar y amar la Tierra: Una llamada para el establecimiento de una comisión conjunta de ciencia y religión».

La Tierra es el lugar de nacimiento de nuestra especie y, por lo que hasta ahora sabemos, nuestro único hogar. Cuando éramos pocos y teníamos una tecnología débil, carecíamos de poder para influir en el ambiente de nuestro mundo, pero ahora, de repente, casi sin que nadie lo haya advertido, nuestra población se ha hecho inmensa y nuestra tecnología ha alcanzado poderes descomunales, aterradores incluso.

Voluntariamente o no, somos ya capaces de provocar cambios devastadores en el entorno global, un medioambiente al que nosotros y todos los demás seres con quienes compartimos la Tierra estamos meticulosa y exquisitamente adaptados. Ahora nos vemos amenazados por alteraciones globales que
evolucionan rápidamente y de las que somos autores, cuyas consecuencias biológicas y ecológicas a largo plazo por desgracia ignoramos: adelgazamiento de la capa protectora de ozono, un calentamiento global sin precedentes en los últimos 150 milenios, la desaparición de casi media hectárea de bosque cada segundo, la extinción acelerada de especies y la perspectiva de una guerra nuclear que ponga en peligro a la mayoría de la población del planeta.

Tal vez existan otros riesgos de los que, en nuestra impericia, aún no somos conscientes. Todos y cada uno representan una trampa dispuesta para la especie humana, una trampa tendida por nosotros mismos. Por fundadas y excelsas (o ingenuas y miopes) que hayan sido las justificaciones de las actividades que trajeron tales peligros, estas actividades amenazan ahora a nuestra especie y muchas otras. Estamos a punto de cometer -muchos dirían que ya estamos cometiendo- lo que en lenguaje religioso se califica a veces de “Crímenes contra la creación”. Por su misma naturaleza, estas agresiones al medio ambiente no han sido sólo obra de un grupo político o de una generación. Intrínsecamente, son multinacionales, multigeneracionales y transideológicas. También lo son todas las soluciones concebibles. Para escapar de esta trampa hace falta una perspectiva que englobe a los seres humanos del planeta ya las generaciones futuras. Desde el principio, es preciso reconocer que unos problemas de tal magnitud y unas soluciones que exigen una perspectiva tan amplia poseen una dimensión tanto religiosa como científica.

Conscientes de nuestra responsabilidad común, nosotros los científicos -comprometidos muchos en la lucha contra la crisis medioambiental- apelamos urgentemente a la comunidad religiosa internacional para que se consagre, en palabra y obra, y tan enérgicamente como se requiere, a la preservación del medio ambiente de la Tierra. Algunos de los remedios a corto plazo de estos peligros -como una mayor eficiencia energética, la rápida prohibición de los clorofluorocarbonos o una reducción modesta de los arsenales nucleares- resultan relativamente accesibles y en alguna medida están ya en marcha; pero otros enfoques más amplios, a más largo plazo y más eficaces tropezarán por doquier con la inercia, el rechazo y la resistencia.

En esta categoría figuran el paso de una economía basada en los combustibles fósiles a otra centrada en una energía no contaminante, la inversión rápida y persistente de la carrera de armamento nuclear y una interrupción voluntaria del crecimiento de la población mundial, sin cuya consecución quedarán anulados muchos otros enfoques de la conservación del medio ambiente. Como en las cuestiones relativas a la paz, los derechos humanos y la justicia social, las instituciones religiosas también pueden representar aquí una fuerza sólida que estimule iniciativas nacionales e internacionales, tanto en el sector público como en el privado y en las diversas esferas del comercio, la educación, la cultura y los medios de comunicación de masas.

La crisis ambiental requiere cambios radicales no sólo en la política oficial, sino también en la conducta individual. Los antecedentes históricos ponen de manifiesto que las enseñanzas, el ejemplo y la dirección religiosos son muy capaces de influir en el comportamiento y el compromiso personales. Como científicos, muchos de nosotros tenemos experiencias profundas de asombro y reverencia ante el universo. Entendemos que es más probable que sea tratado con respeto aquello que se considera sagrado. Es preciso infundir sacralidad en los esfuerzos por salvaguardar y respetar el medio ambiente. Al mismo tiempo, se requiere un conocimiento más amplio y profundo de la ciencia y la tecnología. Si no comprendemos el problema, es improbable que seamos capaces de solucionarlo. Tanto la religión como la ciencia tienen, pues, un papel vital que desempeñar. Sabemos que el bienestar de nuestro medioambiente planetario es ya motivo de profunda preocupación en concilios y congregaciones. Confiamos en que este llamamiento alentará un espíritu de causa común y de acción conjunta para contribuir a la preservación de la Tierra.


La respuesta al llamamiento de los científicos acerca del medio ambiente fue pronto firmada por centenares de líderes espirituales de 83 países, incluyendo 37 jefes de organizaciones religiosas nacionales e internacionales. Entre ellos figuraban los secretarios generales de la Liga Musulmana Mundial y del Consejo Mundial de las Iglesias, el vicepresidente del Congreso Judío Mundial, el católicos de todos los armenios, el metropolitano Pitirim de Rusia, los grandes muftis de Siria y de la ex Yugoslavia, los obispos que presiden las iglesias cristianas de China y la episcopaliana, la luterana, la metodista y la menonita de Estados Unidos, así como 50 cardenales, lamas, arzobispos, grandes rabinos, patriarcas, mulahs y obispos de las principales ciudades del mundo.


Manifestaron lo siguiente:

Nos declaramos conmovidos por el espíritu del llamamiento y arrostrados por su sustancia. Compartimos su sentido de apremio. Esta invitación a la colaboración marca un momento y una oportunidad singulares en la relación entre la ciencia y la religión. Muchos miembros de la comunidad religiosa han reaccionado con creciente alarma ante los informes de amenazas a la salud del medioambiente de nuestro planeta, como las expuestas en el llamamiento. La comunidad científica ha prestado un gran servicio a la humanidad al aportar las pruebas de tales peligros. Alentamos una investigación continuada y escrupulosa y debemos tomar en consideración sus resultados en todas nuestras deliberaciones y declaraciones referentes a la condición humana.
Creemos que la crisis del medio ambiente es intrínsecamente religiosa. Todas las tradiciones y enseñanzas de la fe nos instruyen firmemente para que reverenciemos y cuidemos el mundo natural, pero la creación sagrada está siendo violada y corre un riesgo extremo como resultado de un comportamiento humano añejo. Es esencial una respuesta religiosa para invertir esas pautas inveteradas de negligencia y explotación. Por este motivo, damos la bienvenida alllamamiento de los científicos y estamos dispuestos a explorar tan pronto como sea posible formas concretas y específicas de colaboración y acción. La propia Tierra nos llama a lograr nuevos niveles de compromiso conjunto.